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¿Hambre física o hambre emocional? Aprende a reconocer qué necesita tu cuerpo

18 ago
4 min de lectura

Hay días en los que comemos porque tenemos hambre. Y otros en los que buscamos comida después de un día complicado, cuando estamos aburridos, estresados o simplemente porque necesitamos desconectar.

Y esto no significa que estés haciendo nada mal.


¿Hambre física o hambre emocional?


Comer también tiene una función social, emocional y placentera. El problema aparece cuando sentimos que hemos perdido el control, cuando la comida se convierte en nuestra única herramienta para gestionar determinadas emociones o cuando entramos continuamente en un ciclo de restricción, ansiedad y culpa.

Por eso, aprender a reconocer nuestras señales puede ayudarnos a construir una relación mucho más tranquila con la alimentación.


1. ¿Qué es el hambre física?

El hambre física es la respuesta de nuestro organismo ante la necesidad de energía y nutrientes.

Normalmente aparece de manera progresiva y puede manifestarse de diferentes formas:

  • Sensación de vacío en el estómago.

  • Menor concentración.

  • Irritabilidad.

  • Cansancio o falta de energía.

  • Pensamientos sobre comida.

  • Mayor disposición a comer diferentes alimentos.

Pero hay algo importante: no todo el mundo siente el hambre de la misma manera ni siempre aparecen las mismas señales.

Además, si llevamos mucho tiempo ignorándolas o siguiendo dietas muy restrictivas, puede resultar más difícil identificarlas.


2. Entonces, ¿qué llamamos hambre emocional? ¿Hambre física o hambre emocional?

Hablamos habitualmente de hambre emocional cuando utilizamos la comida para responder principalmente a una emoción o situación y no únicamente a una necesidad fisiológica.

Puede aparecer, por ejemplo, después de:

  • Un día estresante.

  • Una discusión.

  • Sentir tristeza o ansiedad.

  • Aburrimiento.

  • Soledad.

  • Cansancio.

  • Necesidad de recompensa.

Muchas veces también aparece un deseo muy concreto: “necesito chocolate”, “quiero algo dulce”, “me apetece picar algo”.

Pero esto es importante:

Comer por motivos emocionales de vez en cuando es completamente normal.

No necesitamos convertir cada decisión alimentaria en un examen sobre si tenemos “hambre de verdad”.


3. Hambre física y emocional no siempre están separadas

En redes sociales es frecuente encontrar listas que intentan dividir perfectamente ambas:

“Si aparece de repente es emocional. Si aparece poco a poco es física.”

La realidad es bastante más compleja.

Podemos tener hambre física y, al mismo tiempo, estar estresados. Podemos querer un alimento concreto y tener hambre real. O podemos empezar a comer por hambre y continuar porque estamos disfrutando de la comida.

Nuestro comportamiento alimentario está influido por factores fisiológicos, psicológicos, sociales y ambientales.

Por eso, más que intentar clasificar cada ingesta, puede ser mucho más útil empezar a observarnos sin juzgarnos.


4. La restricción también puede aumentar las ganas de comer

Uno de los errores más frecuentes después de haber comido “demasiado” es pensar:

“Mañana compenso.”

Saltarse el desayuno, comer muchísimo menos, eliminar hidratos o intentar “quemarlo” haciendo ejercicio puede parecer una solución, pero muchas veces termina alimentando el mismo ciclo:

restricción → hambre intensa → pérdida de control → culpa → nueva restricción.

De hecho, dentro del tratamiento del trastorno por atracón se trabaja precisamente en recuperar una alimentación regular y se desaconseja hacer dieta durante el tratamiento, ya que puede dificultar el control de los episodios.

Por eso, después de una comida abundante, normalmente no necesitamos castigar ni compensar nuestro cuerpo.

Necesitamos volver a nuestra alimentación habitual.


5. Antes de comer, prueba a preguntarte esto

No para decidir si “puedes” o “no puedes” comer, sino simplemente para conocerte mejor:

¿Qué estoy sintiendo ahora mismo?

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que comí?

¿He comido suficiente durante el día?

¿Estoy cansada o he dormido mal?

¿Necesito comida o también necesito descansar, distraerme, hablar con alguien o desconectar?

El sueño también puede influir en el apetito: diferentes estudios han relacionado la restricción de sueño con un aumento del hambre subjetiva y alteraciones en mecanismos relacionados con la regulación del apetito.

A veces la respuesta será: “Sí, quiero comer”.

Y también está bien.


6. El objetivo no es controlar más la comida

Cuando una persona lleva años haciendo dietas, contando calorías, pesándose constantemente o intentando comer “perfecto”, es fácil pensar que la solución está en aumentar todavía más el control.

Muchas veces necesitamos trabajar justo en la dirección contraria.

Aprender a reconocer el hambre y la saciedad, dejar de dividir constantemente los alimentos entre “buenos” y “malos”, comer suficiente durante el día y entender qué situaciones nos llevan a comer de una determinada manera puede ser mucho más útil que empezar otra dieta.

Para recordar

No necesitas comer perfectamente para tener una alimentación saludable.

La comida puede nutrirte, darte placer, formar parte de una celebración y también acompañarte emocionalmente en determinados momentos.

El objetivo es que no se convierta en una fuente constante de miedo, culpa o ansiedad.

Si sientes que pasas continuamente de la restricción a la pérdida de control, que la comida ocupa demasiado espacio en tus pensamientos o que ya no sabes reconocer cuándo tienes hambre y cuándo estás saciada, trabajarlo de manera individual puede ayudarte.

En consulta podemos valorar tu alimentación, tus hábitos y tu relación con la comida para encontrar una estrategia adaptada a ti, sin dietas extremas y sin convertir la alimentación en una lucha diaria.


Hay que tranquilizar la mente para ayudar al cuerpo
Comer por motivos emocionales de vez en cuando es completamente normal.

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